Las tecnologías de la información han cambiado radicalmente la manera en la que se almacenan datos. Ahora, los límites de almacenamiento ni siquiera pueden percibirse con claridad. En todo ese mundo, los algoritmos entran con fuerza, para comenzar a aportar e interpretar los datos recabados por las grandes empresas sobre los intereses de los usuarios.

Para una empresa que vende productos o servicios, los algoritmos son tremendamente útiles, porque a través de ellos pueden llegar a diferentes conclusiones y así, proveer información específica, dirigida hacia los usuarios en función de sus intereses. Además, muchos usuarios se ven complacidos por el algoritmo: por ejemplo, en Netflix, el algoritmo te sugiere en función de tus intereses, y así, contribuye a filtrar el contenido.

¿Y los datos?

El problema del desarrollo de los algoritmos también está relacionado con el origen y el destino de los datos recabados. Ver al algoritmo funcionar en una plataforma como Netflix puede ser divertido, pero ¿qué pasa si los datos personales almacenados son vendidos o extraídos? Ahí se abren nuevas perspectivas donde, sin siquiera saberlo, podemos ser objeto de diferentes temas, que pueden ir desde facilitarnos la vida hasta condicionarla.

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